(R. Stemenberg): Estimados camaradas, partícipes de la gran Nueva Revolución de Octubre Rojo, compañeros, miembros del presidio e invitados. Hoy nos hemos reunido aquí para recordar a una jóven, una niña aún, quien durante su vida no dudó en extender la mano amiga a un ser necesitado. Una mujer, quien a su corta edad ya conocía el sabor de la vida y podía distinguir no sólo entre grises, sino también notar el blanco y negro de nuestras mundanas existencias. Le cedo la palabra ahora al camarada Secretario General de la Primera Nueva Internacional, Matias Tuksedo.
(Aplausos. M. Tuksedo se detiene ante el micrófono)
(M. Tuksedo): Gracias, camarada Stemenberg. Gracias a todos los presentes. Seré breve. Es siempre difícil hablar de la muerte de una persona, sea esta productiva para el pueblo o no, sea un ciudadano que inspire el orgullo de los que lo conozcan o no. Hoy nos enfrentamos a un caso aun más extraordinario. El suicidio de una jóven activista, famosa en su medio por alzar la voz en cuanto algo no concordaba con su forma de pensar, o de ver la vida. Me es difícil a mí y a mis camaradas miembros del Partido Central el comprender un acto a la vez tan valiente y tan desesperado. A pesar de que no podemos ni queremos aceptar para nosotros ni para nadie una salida tan fácil de todos los problemas, una solución tan tonta a los problemas mundanos, extendemos nuestro más sincero pésame a la familia y amigos de la aún niña que tuvo que sufrir las consecuencias de su cabeza caliente. Descansa en paz, si es que por eso te fuiste. Gracias. Se cierra la sesión.
(Fuertes aplausos. M. Tuksedo baja del escenario)
Me agarró de las orejas y me besó. Fue lo último que hizo antes de decirme que vive lejos y que no viene muy seguido. Después me puso un pedazo de papel con su número y su dirección extranjera, se dio la vuelta y se fue, dejándome ahí parado con el corazón palpitando como un escuadrón de infanteria corriendo hacia las trincheras enemigas y atravesando un campo minado lleno de cloro gasificado.
La vi por primera vez ese mismo día. Entró por la puerta del café dando pasos ligeros, con los lentes oscuros tapando sus ojos y mascando un lapicero. Traía a Roger Waters con su guitarra en el pecho y un collar con llaves y corcholatas colgando del cuello. Miro alrededor, atrapo mi mirada y se acerco sonriendo como todo una leonesa en cacería. Supongo que lo hizo al notar mi boca abierta las pupilas dilatadas. No es que estuviera yo muy drogado cuando voltee a verla, pero sí me alteré cuando se me quedó viendo a mi. Se sento al lado y apoyo su cabeza sobre la mano. Se quito sus lentes de diva y habló: "Hola. Me llamo Ivette". Obviamente la respuesta se tardo en arrivar y se oyo algo patetica: "Hola". Balbucee un poco más antes de poder entablar una buena conversación. Le invite un café y salimos a la calle. Era verano y hacía calor, asi que su piel tenía un ligero brillo dorado en los rayos del Sol. La veía y me veía y nos regocijabamos dichosos en las miradas espontáneas e increíblemente sincronizadas. Me contó que tiene un pequeño perro enorme en casa que se encontró vagando por ahí y que su mejor amigo es un cubano que vive debajo de un puente. Luego se quedo callada un momento y añadio que no es un troll y que es un tipo de los más agradables. Su voz era una mezcla rara entre una sandia con toda esa frescura y azucar naturales y una mujer hablando. Mis oidos no reaccionaban ante el grito de las multitudes que pasaban a un lado y los automóviles que arrasaban con la tranquilidad matutina del centro. Solo la oia a ella y, más importante aún, la escuchaba.
Llegamos hasta la parte más remota de la ciudad, a un pequeño tianguis de libros, donde el buen Horacio hacía guardia perpetua en busca de compradores para las rarezas con las que comercia. Ginsberg. Ivette. Horacio tiene la costumbre de no dejar de ver detenidamente a las mujeres bonitas, pero nunca lo había notado tan entusiasmado con una femina antes. Su mirada, de por sí perdida en la neblina de las drogas, desapareció completamente en el cabello negro y el pequeño hoyito en la mejilla que se aparece cada vez que sonríe Ivette. Su aroma superaba todo solo de guitarra en la cantidad de fantasías metasexuales que me pasaban por la cabeza.
Todo ese día, a toda hora y en todo lugar, las ideas que nacían en mi cabeza volaban sin sentido ni razón en la cavidad que contenía mi cerebro. Es como si hubiera sufrido una lobotomía psicológica.
Ahora solo queda su aroma bombardeando mi olfato, su imagen inquilina en mi cabeza y la constante espera de alguna noticia suya que compruebe su existencia. Mi musa nocturna inexperta.
Y lo importante es, que lo entendí.
Me topé hoy con uno de esos elaborados sitios específicamente construidos para atraer a las masas jovenes. «Adbusters Culturejammers Headquarters» se llama y vela por un mundo donde todo se pague al true cost. Esto significa en esencia, que todos los productos que hay actualmente en el mercado tendrán un costo adicional, basado en el daño al ambiente que deriva de su producción. Entónces, los juguetes chinos costarán mucho más que los nacionales y el maíz estadounidense y las piernas de Bush, afamadas y conocidas en la Rusia del banditismo noventero, serán más caras que las piernas de pollo y maíz producidos en México. Hasta aquí todo claro. Ahora bien, pensemos antes que nada en los productores. Las cosechas mexicanas que se exportan al norte muy rara vez son exportadas por el agricultor personalmente, pues la cantidad que el personalmente puede enviar es muy pequeña como para tomarse en cuenta por compañias transnacionales grandes. En un pueblo perdido, situado justo en medio de una gran mancha blanca en los mapas de carreteras, pues nadie ha ido a trazar los caminos, vive una comunidad de campesinos que siembran, digamos, tunas. El mercado más cercano está a unos 30 kilómetros y como es tan remoto este pueblo, no importa como irse, si en camión, carro o a patita, se llega al mercado en 10 horas. Por obvias razones, los campesinos están felices de vender su producto a quien sea y por el precio que sea, pues si no, no podrán pagar la luz (porque luz sí hay en el pueblito). Llega un día un hombre de mediana edad y bonitas ropas a ofrecerle a todo el pueblo una cierta cantidad moderada de dinero que llamaremos X. El pueblo acepta gustoso y el hombre se sube a su helicóptero y se va. Se va con toda la cosecha de todos los campos pertenecientes a toda la población del pueblito. Llega al siguiente pueblo remoto y compra por la misma cantidad X todas las tunas. Digamos que lo hace con 20 pueblos. Teniendo ya una cantidad de tunas equivalente a 20X pesos (digamos que serán Y toneladas), el hombre de mediana edad se convierte en un personaje sumamente interesante para los CEO's de las grandes fruteras transnacionales. Ellos lo contactan y le ofrecen 2000X pesos por las Y toneladas de tunas que tiene. Gustoso, el bien vestido extraño del helicóptero vende todas sus tunas. Ahí ya se gano el dinero suficiente para comprar 100Y toneladas de tunas más, o bien, un Mercedes. El hombre se hizo rico y los campesinos siguen sobreviviendo. Todos felices.
Ahora bien, imaginemos que los psicópatas del sitio mencionado llegan a hacer realidad sus planes maquiavélicos. Eso significa que la fruta extranjera se hace más cara para Estados Unidos, lo cuál significa que le compraran menos fruta al caballero que estrena su Mercedes, lo cual a su vez significa que no podrá comprarle fruta a todos los campesinos que se la vendían antes, lo cual signifíca que los campesinos no podrán pagar la luz y serán infelices. ¿Ven a lo que voy? No trato de defender el sistema actual. De hecho me parece sumamente malo; inhumano, pero de todas formas es mejor que la gente tenga al menos un miserable ingreso a no tener nada.
Transportemonos de los campos tuneros hasta las grandes ciudades. Como bien sabemos, la mayor parte de la gente que compra comida en los mercados pertenece a la clase baja o media-baja. La clase media, media-alta y alta prefieren comprar sus víveres en los supermercados. En los «tianguis» se venden verduras sembradas y cosechadas en tierra mexicana, mientras que en las tiendas como Wal-Mart (precios bajos, siempre) la comida tiende a ser importada. Según las reglas ecologístas de los autoproclamados adbusters, mientras más lejos esté el país de orígen, más caro será el producto en el destino final. Eso significa, que toda la comida importada subira de precio aunque sea solo un poco, mientras que la nacional seguirá siendo prácticamente del mismo. La clase alta se permitirá gastar un poco más en comida, pero probablemente no lo haga la clase media que de por sí está ya en vías de extinción. Los mercados y centrales de abastos necesitarán más comida aún para soportar la nueva demanda, lo cual significa que trataran de buscar nuevas fuentes de alimentos y, eventualmente, se toparán con los pueblos tuneros a los que ya nadie les compra frutas. Al estar lejos de la ciudad y tener un difícil acceso, el precio de las tunas subirá y así lo hará el precio de las tunas que vienen de otros lugares también. ¿Por qué? Porque los vendedores pueden subir los precios. Al subir los precios sin subir los salarios la cantidad de gente que vive en pobreza extrema se elevará catastróficamente.
A mi parecer, esta genial idea de los magníficos adbusters es simplemente una gran farsa, al igual que Invisible Children, que eventualmente nos pedirá dinero para acabar con la esclavitud de los niños de Alaska y la matanza de monos, murciélagos, gatos y perros en Asia. Digámosle «¡No!» a la manipulación de masas idiotas.
Todo un personaje honra el famoso bar con su presencia. Su nombre es Carlos, pero en portugués suo nome e [Karlosh]. En cuanto lo huelen los perros, lo empiezan a perseguir lanzando ladridos como pedradas, a las que huye los más rápido posible nuestro hombre. Porque cabe destacar, que sentado tras la mesa, con su bandana con la bandera brasileira, su camiseta sin mangas, su bronceado playero y barba corta, parece todo un latín lover y un hombre de a de veras, pero en cuanto se para y deja ver su pansa cervecera, luego-luego se le ven los años. Se dedica a impresionar a las jóvenes extranjeras con su inglés caribeño, unas copas de vino blanco (porque emborracha más rápido) y sus patentados besos en la mejilla antes de decir: “I’ll tell you one thing; Portugal is a country where…” - continúe como le plazca en vez de los puntos suspensivos. Luego se las lleva a quién sabe dónde y reaparece como si nada al día siguiente. Una vez, por ejemplo, lo vi hablar coquetamente con unos negros marroquís bastante sorprendidos justo al día siguiente de aplicar su formula maestra en una chica inglesa de cuestionable belleza física, suplida, sin duda alguna, por un fascinante mundo interior que es, a final de cuentas, lo único que busca nuestro Don Carlangas. El es, en definitiva, un solterón que sabe lo que hace. Es la verdadera mente, honor y consciencia de nuestra época.
Claro, no todos los habitantes de Portugal son tan progresivos como el antes mencionado. Existe la pequeña tribu de los mafiosos sicilianos o, en todo caso, parientes lejanos de esta. Son los pocos que usan pantalones largos y sólo parte de los muchos que combinan su vestimenta con unas gafas oscuras que les tapan media cara. También están los jóvenes rebeldes. Caminaba yo por la bahía principal de Faro, rodeando la fortaleza y rodeado por las vías del tren, cuando de pronto sentí que alguien me gritaba específicamente a mí. En efecto, al voltear pude distinguir la silueta de un adolescente que me hacía señas y las reforzaba con un torrente de palabras en el idioma de los nativos. El quería un par de cigarros. Terminé regalándoselos y, al parecer, haciendo su día más feliz.
Hubo también un tipo que se me acercó en la calle y me preguntó si traía 50 centavos. Acostumbrado a la forma de vida en países un tanto menos primer-mundistas, respondí que no:
- ¿Fumas? - me preguntó el extraño.
- Sim - contesté.
- ¿Querés comprar um coto?
- No.
- Bom. Chao.
Interesante, a mí gusto, la conversación que entablamos en esos segundos. Hasta la fecha no tengo ni la menor idea de que es un “coto”, aunque sí tengo la ligera sospecha de que tiene que ver con lo que en nuestro gran país se llama informalmente “café”, o, como en todos los demás países, “ganja”.
En general calificaría la vida portuguesa tranquila. El clásico modus vivendi es un tanto rutinario, pero no por eso menos agradable. Por la temperatura atmosférica enorme, la gente tiende a tomar un par de cervezas y retirarse a casa a dormir o simplemente a descansar de u arduo esfuerzo en pro de la limpieza del universo de sustancias alcohólicas refrescantes y/o productos de la industria tabacalera. Claro, es difícil dormir con un calor tan impresionante, así que mucha gente se dedica a desarrollar acciones que no requieren de mucha labor física, como yo en este momento, por ejemplo. Ahora entiendo el afán portugués de conseguir una colonia en el continente americano. COM tanto calor y bochorno, ¿quién no querrá escapar? Qué lástima que hayan encontrado un lugar igual o incluso más caliente del otro lado del mundo para colonizar. Eso explicaría el por qué de la fortaleza de cuadros geopolíticos de Brasil. Para no cometer un error tan grande como el de sus ancestros del Viejo Mundo se han encaminado a estudiar muy bien la posición geográfica y los recursos estratégicos (tales como el clima y la cantidad de posibles futuros esclavos) de otras regiones del planeta. No me sorprendería que este gigante dormido del Sur no esté hibernando, sino solo echándose una siesta de medio día para recuperar fuerzas. Y luego “bam” y todo lo que sabemos hablar es brasileiro.
Hablando de siestas, existe en Portugal toda una nueva raza de almohadas. En vez de estar rellenas de plumas, tal y como lo está la gran mayoría de las almohadas a nivel mundial, estas tienen pequeños pedazos de plástico duro por dentro. Son más pesadas que el promedio de otros países y también mucho más frescas. Dignas completamente de un programa “Mail Call” completo dedicado a este pequeño artilugio guerrero, porque si un almohadazo común duele, estos han de doler mucho más. Pobres de las niñas pequeñas que hacen pijamadas en sus casas sin tener almohadas especialmente blandas para los golpes. Por otro lado, dudo mucho que las niñas de Portugal organicen pijamadas. La piel propia del ser humano ya es lo suficientemente caliente como para sentirse en un sauna en este país. No quiero ni siquiera imaginarme cómo es dormir con una camisa y pantalón puestos.
Otro de las cosas que le crece naturalmente a la gente es el cabello. En Portugal todos tratan de tenerlo tan corto como pueden y aunque las mujeres no están calvas por aquí, estoy seguro que lo estarán en cuanto esté de moda, porque las mujeres portuguesas siguen la moda, reduciendo la cantidad de ropa que usan y, lógicamente, de partes que quedan a la imaginación casi exponencialmente. Es bueno por eso ser un verdadero macho. Aparte de no tener que usar ropa interior ajustada, no tenemos que usar nada ajustado, dándole así una posibilidad mucho mayor al viento de refrescar todos los órganos que queden tapados del sol por la vestimenta. Claro, la vestimenta en estos parajes no es mucha. Si acaso aparte de usar un pantalón corto, americanamente llamado short, hay gente rara, extranjera normalmente, que usa también algo para cubrir el torso. Aunque entiendo que los extranjeros por lo general tenemos más cosas que cubrir (como la piel blanca o la extrema falta de músculos abdominales), hay que tener más decencia, hay que disimular un poco más.
En un par de días partiré hacia Alemania. Espero el clima allá me reciba con los brazos abiertos y una temperatura razonable. Si no lo hace, estaré condenado a asarme por igual con gente que ni siquiera habla mi idioma.
En realidad el mundo que describía Bradbury en sus Crónicas Marcianas era Portugal. La tierra de la gente bonita de piel dorada y ojos azules que se ahoga en cerveija porque hace demasiado calor y luego en bica para estar sobrios. Es bueno saber que sí hay países de habla latina (o ibérica en dado caso) que sí distinguen entre las letras v y b. Aunque parezca un detalle sin importancia, me hace sentir mejor. El habla de estos extraterrestres europeos es casi cantada. Fluidez melódica, armoniosa. Es la lengua del mar, el calor, la playa y la constante fiesta, como lo es el Dia do Santo Antonio. Puestos cerveceros en cada esquina (o incluso más frecuentes), hordas inmensas de gente emborrachándose en las banquetas y los carriles automovilísticos por igual, y acompañado todo siempre de música. En algunos lugares más tranquila, en otros más rápida, juvenil, algo folclórica, pero nunca en déficit.
Caminaba esa vez sudado entre la gente trepando las calles lentamente hacia el castillo medieval que estaba en lo más alto de la ciudad. Hacía un calor detestable y casi no soplaba el viento. Siempre me gustó ver a la gente. Observarla y tratar de aprender algo nuevo con cada mirada. Mi garganta se deshacía y sangraba por lo fuerte de los cigarros y lo frío de las bebidas, las cuales no podía abandonar ni por un momento pues se calentaban y se hacían, como la temperatura, insoportables. Alguien me llamó por mi nombre. En un lugar tan alejado de casa era una coincidencia bastante fuerte. Incluso mayor fue ver cómo el tipo al lado mío volteaba rápidamente y sonreía tras ver una cara conocida entre las olas humanas. Después de todo no era yo la presa del llamado.
Cuando por fin alcancé la fortaleza en el cerro empinado, resultó que estaba cerrada y tuve que bajar de regreso con unos veinte decepcionados más. Paradójica pregunta, ¿a dónde ir para divertirme de en medio de una fiesta de gigantescas proporciones? Y la respuesta era inimaginable. No conocía a nadie y nunca fui lo suficientemente sociable como para acercarme a conocer gente nueva. Me pare en un puesto en la Rua das Ortencias y ordené otra cerveza. Prendí otro cigarrillo. Mientras menos estoy ocupado, más fumo. Es una axioma impresionante. En todo caso, morir de cáncer pulmonar es mejor que seguir pensando en lo mismo. Un tipo de unos veinticinco años se paró al lado mío y prendió un cigarro también. La cajetilla era de Popular, tabaco cubano del más corriente y fuerte.
- ¿Eres de Cuba? - le pregunté gritando.
- Mexicano, pero vivo en la isla, - contestó algo asustado y añadió, - ¿Y tú también? ¿Por qué tan lejos de casa?
En cuestión de minutos ya estábamos sentados emborrachándonos con vino corriente en un lugar llamado Taberna y acompañados de sus compañeros de viaje. Jalábamos humo de tabaco nerviosamente entre carcajadas, veíamos a la gente que había alrededor, brindábamos por todo lo que puede ser expresado con palabras. El problema surgió realmente cuando empezámos a hablar de México. Resultamos ser de la misma pequeña ciudad provincial y como en toda ciudad provincial, prácticamente todos conocen a todos al menos de vista o de oído. Yo anduve con su hermana y me dejó sin razón aparente. Las risas terminaron y llegó un silencio incómodo que rompí preguntando “¿y cómo está ahora?”.
- Creo que bien, - me díjo. - Ya lleva meses con su nuevo novio y yo sigo sin poder acostumbrarme. Es algo falso el tipo ese. ¿Cómo la conociste?
- Fuimos juntos a la universidad. Misma carrera, mismo semestre. Hubo química e incluso la sentimos los dos primero, pero luego se alejó y yo trataba de acercarme. Anduvimos muy poco tiempo al principio de la carrera y, como te imaginarás, la tenía que ver casi todos los días. Fue difícil vivir así por tanto tiempo. Luego me acostumbre, pero de repente se me metían ideas locas.
- Te digo de una vez. Mejor olvídala. Ahí ya no tienes nada. Ya soy tío.
- La gota que derramo el vaso, ¿eh? - dije sonriendo, pero la sonrisa me salió demasiado agria, como leche cortada.
En total pasé 2 meses viajando por Europa ese año. Aparte de Portugal visité Inglaterra, caminé por el Westminster Abbey, me tome una foto en la Abbey Road, justo donde se la tomaron los Beatles, de ahí me fui en barco a Francia, me subí a la Torre Eiffel, visité el mausoleo de Napoleon y EuroDisney, en tren llegué a Holanda, a Amsterdam y volé durante varios días sin moverme del Coffee Shop más que para ir a otro en cuanto cerraran. Fue un buen momento. Comprendí en mis viajes lo que nos hace realmente la hierba-mala. Cada vez que fumo siento que mi cerebro se agiliza a costa del cuerpo, que puedo pensar y comprender el universo, el infiníto, pero jamás puedo ligar lógicamente las cosas que escribo mientras vuelo. He ahí el truco y de donde sale el verdadero gusto. Creemos ser genios bajo el efecto, pero en realidad no tiene sentido nada de lo que digamos o hagamos y solo nos damos cuenta de eso absolutamente sobrios. El problema es, que nos rehusamos a creer que todo lo pensado fue en vano.
Al final de los dos meses andaba yo en Weimar, Alemania, ciudad donde Adolfo Hitler dio uno de sus más famosos discursos desde el balcón de un pequeño hotel en la plaza principal. Lo único que queda de recuerdo es una minúscula placa conmemorativa y dos gigantescos cementerios: uno de soldados soviéticos y el otro de judíos. Debo decir que la ciudad es hermosa y que aparte los alemanes generalmente temen a los turcos y a los latinos. Ese miedo hacia los primeros es fácilmente explicable. Después de la Gran Guerra estos eran importados en cantidades industriales a Alemania para reconstruir el país y luego, cuando todo estaba reconstruido, no se pudieron deshacer de ellos. Ahora los turcos son la plaga, la peste negra. Son muchos, no se educan bien, asaltan, secuestran, roban y ensucian. Pero los latinos, ¿por qué? Es lo que nunca pude explicarme. El punto es, que nadie se atrevía a verme mal por el temor a ser golpeado, supongo. Cuando por fin llegue a México estaba tan cansado como nunca de escuchar idiomas extranjeros que se mezclaban y hacían mi cabeza hincharse. Pude haber besado el suelo del aeropuerto y no lo hice solo porque estaba muy ocupado fumando con una sonrisa idiótica en la boca. En la aduana no me preguntaron nada, solo me sonrieron nerviosamente en respuesta. Con ojos de demente fui corriendo a comprar mi boleto de camión y le hable en español a todo mundo. Y todos me entendieron, y me regocije en la felicidad de ser comprendido. Llegue a casa y antes de poder hacer cualquier otra cosa, caí presa del cansancio en mi cama.
Desperté la tarde siguiente tras haber dormido unas 18 horas. Después de todo puedo entender a mi padre, quien siempre que viajábamos juntos se quejaba de que no podía dormir en un avión y yo me dormía el viaje completo. Ahora lo comprendo. El asiento de avión es uno de los lugares más incómodos para dormir.
Faltaban aún un par de semanas para regresar al trabajo, así que saqué mi pequeña libreta de teléfonos y direcciones y empezé a marcarle a mis amigos, cuyas caras me daban tanto asco antes de irme de vacaciones. Sí, otro punto importante, me cansé de la gente y por eso me fui a Europa. La mitad de todos estaban en casa de la familia, o en la playa, o simplemente tenían sus móviles apagados. Al final, pude ponerme de acuerdo con unos cuantos de ellos y quedamos de vernos en el bar de siempre, en el mero centro. No era muy conocido y eso lo hacía más especial y más nuestro. Nos tomamos unas cuantas cervezas, unos cuantos tequilas, nos fumamos unos cuantos habanos hablando de las grandes dificultades de la vida, mujeres por lo general, y al final terminamos riéndonos de nuestras viejas aventuras con las drogas y el alcohol, de cuando aún no sabíamos controlarnos. De pronto sentí algo vibrar en mi bolsillo. Mi cerebro, ya suficientemente embrutecido por los estupefacientes consumidos, tardó unos cuantos segundos en entender que era el celular. Lo saqué, presione el botón verde sin mirar quién llamaba y dije “¿bueno?” con la boca semi-dormida. Era ella. Me sentí perseguido, acechado, un poco feliz por un momento. Después prendí un cigarro y le conté de mi viaje, de las aventuras, de los lugares y me liberé.
There was kindness and then there was she. Not that she was specially kind, though, but she was.
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